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Quisiera hoy compartir mis pensamientos acerca de lo finitos que somos. No solo los humanos, toda la experiencia que vivimos. Esto es un juego. A veces parece muy raro y cuando creemos que lo entendemos ¡zaz! Nos cambia la forma, el tiempo, las fichas.
Vivimos experiencias que nos encantan y tambien unas terribles, a veces nos queremos congelar en el tiempo y otras veces queremos que pase muy rápido. Nos enseñan a esperar que la vida sea larga pero no siempre lo es. Eso sí, estamos cambiando todo el tiempo. Realmente iba a escribir que estamos perdiendo (de losing, no de wasting) todo el tiempo, pero no sería justo; a pesar de que pueda ser cierto al menos desde un punto de vista.
Estos cambios se notan en todas las etapas de la vida, pero hay unos en los que pareciéramos ser inmortales. Cambiar es perder. Así como ganar. No podemos negar que el vacío nos hace bien, nos permite organizarnos o reorganizarnos. Limpiar lo que estaba acumulado, permitir que entre la luz, entender que es lo que requerimos y que no. Sin embargo, cuando el vacío nos envuelve pareciera ser todopoderoso.
Aunque podría pensarse que la finitud y el vacío son opuestos, tengo una concepción que los hace complementarios: Lo finito siempre tiene espacio en el vacío. Y allí, se hace eterno. Entonces, siguiendo esta lógica, si somos finitos somos eternos… y aquí, desde un acto de magia podría decir: ¡taraaaaaaa! Como cuando se saca el conejo del sombrero vacío.
Esta reflexión llega por una perdida simple: olvidé un mug en un lugar, y cuando volví a buscarlo, ya no estaba. Este objeto tan común era especial para mí, le había dado un significado de resistencia y resiliencia, podía tener alrededor de 30 años de existencia. Lo recuerdo como un regalo cuando tenía menos de 10 años y desde ese tiempo había estado presente. Era de corazones rojos.
La pérdida de este objeto me generó un vacío y sentí tristeza, conmoción y frustración. Era como si esos años que lo había tenido conmigo se hubieran desvanecido. Y aquí comenzó la interiorización de esta circunstancia. ¿Cómo podemos pensar que la pérdida se lleva todo lo que evocaba cuando había presencia? Lo leo así y es injusto. Con el objeto, con nosotros, con nuestra memoria.
Después de eso, llegó la rabia y la recriminación, acompañada de preguntas como: ¿y porqué lo dejaste ahí? Lo pudiste llevar contigo todo el tiempo. ¿Quién lo habrá tomado? ¿vas a buscar otra vez donde ya sabes que no está? Lo perdiste por distraída. ¿Qué estabas haciendo? Y ante esa oleada de preguntas recalcitrantes que he escuchado en los peores momentos de mi vida, tomé la decisión de mover el cuerpo. Convertí la terapia en el silenciador de esa emoción. No porque no la estuviera sintiendo, sino porque me gasté la energía en el ejercicio y al darle atención, me dejó tranquila.
Como paso final, llegó la compasión. La mía para mí. Esa que es muy fácil entregar afuera pero difícil de recibir para uno. Con las emociones en estado basal pude observar como una situación tan simple, aparentemente intrascendente me hizo ver que la finitud o la eternidad depende de como la veamos. Que no todo tiene un significado, y aún así podemos darle un propósito que nos nutra. Toda esa cantidad de desechos que nos tiramos pueden llegar a nutrirnos si se ponen en el lugar correcto.
Este episodio me hizo recordar una historia de Franz Kafka. Dicen que Kafka que se encontró con una niña que había perdido su muñeca y estaba muy triste. Él, quizá sensible a la pérdida, le entregó una carta a la niña de parte de la muñeca. En ese escrito la muñeca le decía a la niña que no estuviera triste, que ella se había ido a viajar porque quería conocer el mundo. La niña se puso muy feliz y esperaba con ansias la correspondencia de su muñeca perdida. Sin embargo, hubo un momento en que Kafka tuvo que poner fin a esas cartas. La historia cierra con una frase que me traspasó cuando la leí: Cada cosa que amas es muy probable que la pierdas, pero al final el amor volverá de una manera diferente.
Desde hace años en que las pérdidas se han sentido tan personales, esta frase me alivia el corazón roto. Es como la escoba que empieza a barrer los pedacitos partidos de mí que van quedando cuando me rompo. Por eso, quise pensar a mi Mug de Corazones como un viajero, ofreciendo calor y consuelo a través de un café, quitando la sed, sirviendo a alguien más. Y como la muñeca de la historia, diciendo que era el momento de viajar.
Finalmente, estas palabras tan personales, no son solo mías, son de todos los que perdemos. Y a pesar de que hemos superado el 100% de nuestros peores días, aún hay más por venir. Y que bueno que vengan, eso nos muestra que estamos aquí, estamos vivos. Recuerda:
Somos finitos, y aún así, el pensamiento y las palabras nos hacen eternos.
Somos finitos, y aún así, hacemos planes para un futuro que no sabemos.
Somos finitos, y aún así, tenemos esperanza que el juego de la vida nos va dejar ganar.
Seamos finitos y sintámonos eternos.